Por: P. Manuel Anselmo Díaz | Tiempo de lectura: 2 minutos
¿DÓNDE COMIENZA EL TESTIMONIO DE NUESTRA FE?
Durante los pasados cuatro domingos del Tiempo Ordinario, les he recordado entre otros temas importantes, que la fe comienza a anunciarse en casa. Es en la familia donde aprendemos a conocer a Dios, a vivir el Evangelio y a dar razón de la esperanza que llevamos en el corazón.
Dios puede hacer grandes cosas en quien se reconoce pequeño. Al soberbio lo mira desde lejos; al humilde lo toma de la mano y lo transforma. La humildad nos permite aceptar nuestra historia, confiar en el Señor y dejarnos conducir por Él.
Jesús nos invita: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Sólo quien carga con su yugo descubre que seguir a Cristo no es una carga que oprime, sino un camino que da paz, libertad y sentido a la vida.
Pidamos al Señor la gracia de transmitir la fe a nuestros hijos, de anunciar con alegría lo que Él ha hecho en nuestra vida y de caminar cada día con un corazón manso y humilde, para que otros puedan encontrarse con Cristo a través de nuestro testimonio. La Iglesia en su Sagrada Liturgia de la Palabra, nos regaló la parábola del sembrador, proclamada en el Evangelio de San Mateo, que nos invitó a mirar el estado de nuestro corazón y la manera en que acogemos la Palabra de Dios.
Cada vez que vienes a la Eucaristía recibes rocíos de agua. ¿A quién? A la semilla que ha sido puesta en tu corazón desde el Bautismo. Y para que esa semilla pueda germinar, ¿qué va a nacer de ella? Jesucristo. Él nos va a instruir, nos va a hablar al corazón; porque, teniendo asiduidad a la Palabra de Dios, vamos identificando la voz del Espíritu Santo que nos va guiando en nuestro ser.
La Eucaristía y la Palabra de Dios son ese rocío que alimenta la semilla de la fe sembrada en nuestro corazón.
¿ESTAMOS DEJANDO QUE CRISTO GERMINE Y DE FRUTO EN NUESTRA VIDA?
En medio de la reflexión de esta parábola entregada a los humildes y sencillos, Jesús nos invitó a mirar nuestro interior con sinceridad. Dios nos llama a seguir sus caminos y a dejarnos iluminar por su sabiduría, para vivir como auténticos hijos del Reino.
Pero también hay una gran verdad, que no podemos ignorar: la cizaña no sólo está fuera de nosotros; muchas veces comienza a crecer en nuestro propio corazón. Cuando damos espacio al orgullo, la división, el resentimiento o las palabras que hieren, permitimos que el enemigo siembre donde Dios quiere hacer crecer el bien.
Jesús, en cambio, nos llama a ser buena semilla, hombres y mujeres que siembran paz, comunión, esperanza y amor. Estamos llamados a ser ciudadanos del cielo. Y esos ciudadanos… SOMOS TÚ Y YO.
¿CUÁL ES MI PERLA PRECIOSA?
En el domingo 26 de julio, contemplamos las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor (Mt 13,44-52) y les hacía la pregunta anterior.
Quien encuentra el Reino de los Cielos descubre el verdadero tesoro de su vida. Por eso, vende todo lo que tiene para quedarse con lo único que realmente vale la pena.
También nosotros estamos llamados a preguntarnos: ¿A qué necesito renunciar para hacer espacio a Dios en mi corazón?
Muchas veces cargamos con cosas que nos distraen, nos desgastan y nos alejan del Reino. Jesús nos invita a dejar atrás todo aquello que nos roba la paz, enfría nuestra fe o nos impide encontrarnos con Él.
Encontrar a Cristo es descubrir la perla más preciosa. Todo lo demás encuentra su verdadero lugar cuando Él ocupa el primer lugar en nuestra vida.