“MARÍA NOS CONDUCE SIEMPRE A CRISTO”

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Por: Manuel Acevedo | Misionero Laico

El mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la Santísima Virgen María y al rezo del Santo Rosario, es una oportunidad para redescubrir el verdadero sentido de la devoción mariana.  La Exhortación Apostólica Marialis Cultus (Culto Mariano) de Pablo VI (1974) recuerda una idea fundamental: “la devoción a María nunca puede separarse de Cristo ni de la vida litúrgica de la Iglesia”.

MARÍA Y LA PIEDAD POPULAR

La Iglesia valora profundamente la piedad popular: el Rosario, las procesiones, las novenas, las flores y tantas expresiones sencillas del amor del pueblo fiel hacia la Virgen.  Pablo VI recuerda que toda auténtica devoción mariana debe conducirnos al centro de la vida cristiana: la Eucaristía, la Palabra de Dios y los sacramentos.

María nunca ocupa el lugar de Cristo.  Al contrario, siempre nos lleva hacia Él.  Como en las bodas de Caná, continúa diciéndonos: Hagan lo que Él les diga (Jn 2,5).

Por eso, una devoción mariana auténtica no puede quedarse solo en emociones o costumbres externas. Marialis Cultus (#30-39) enseña que la verdadera veneración a la Virgen debe ser:

  • Bíblica (#30),
  • Litúrgica (#31),
  • Cristocéntrica (#32 y 25)
  • y comprometida con la vida (#34-37).

Si rezamos a María, pero vivimos lejos de la Eucaristía, de la confesión o del amor, algo queda incompleto.  La Virgen es un paso para la conversión, es una Madre que educa el corazón para vivir el Evangelio.

MARÍA Y LA ESCUCHA DE LA PALABRA

Una auténtica devoción mariana siempre nos acerca a la Palabra de Dios.  María nunca sustituye a Cristo ni eclipsa el Evangelio; al contrario, nos enseña a escucharlo y a acogerlo con fe.

Pablo VI, en Marialis Cultus, recuerda que toda verdadera piedad mariana debe estar profundamente impregnada de Sagrada Escritura.  Y María es el mejor ejemplo de ello: el Evangelio la presenta como la mujer que escucha, guarda y medita la Palabra en su corazón (Lc 2,19).

Durante la Semana Santa y la Cincuentena Pascual la invitación ha sido clara: escuchar la Palabra de Dios, que no es solo conocer textos bíblicos o aprender ideas religiosas. Es abrir el corazón para que Dios transforme nuestra vida.

María escucha el anuncio del ángel y responde con un sencillo y profundo: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).  Ahí encontramos el corazón de toda espiritualidad mariana: aprender a decirle sí a Dios cada día.

MARÍA ES MADRE.

Una madre verdadera no solo acaricia: también educa, corrige y ayuda a crecer.  Por eso, cuanto más cerca estamos de María, más debería crecer en nosotros el deseo de santidad, de confesarnos, de rezar mejor y de vivir en gracia.

María no busca admiradores que se queden solo en palabras.  Quiere discípulos que aprendan a vivir como Cristo.

Porque una auténtica espiritualidad mariana siempre termina llevando al creyente hacia Jesús, único Salvador del mundo: “Mi alma glorifica al Señor” (Lc 1,46).

EL PELIGRO DE DEFORMAR LA DEVOCIÓN MARIANA.

Pablo VI recuerda que María ocupa “el lugar más alto después de Cristo y el más cercano a nosotros” (Marialis Cultus #56).  Por eso, cuanto más cerca estamos de ella, más debería crecer en nosotros el deseo de santidad, humildad, oración y amor a la Iglesia.

La verdadera devoción mariana se nota en la vida diaria: más paciencia, más capacidad de sacrificio, más pureza de corazón y más amor a Dios y a los hermanos.

Quizá la mejor pregunta para este mes de mayo sea esta: ¿Mi amor a la Virgen me está acercando verdaderamente más a Cristo?

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