PASCUA: CAMINAR CON EL RESUCITADO HACIA LA VIDA NUEVA

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Por: Padre Manuel Anselmo Díaz

En estos últimos días de la Cincuentena Pascual, quiero hacer un pequeño resumen de ideas que les sirvan como un itinerario espiritual compartidas en las celebraciones dominicales, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios y por la acción viva de Cristo Resucitado en medio de su Iglesia.

El Domingo de Resurrección, la invitación fue clara: escuchar la Palabra de Dios con el corazón abierto., porque no basta solamente oír; es necesario abrirse a la gracia de Dios y dejar que su Palabra toque toda nuestra vida.

Por eso, les animo a seguir activando los cinco sentidos espirituales:

Escuchar, Contemplar, Tocar, Anunciar y Degustar

La Pascua no es un acontecimiento del pasado ni una celebración que termina en un día concreto; es un encuentro continuo con Jesús, que transforma, levanta y renueva nuestra existencia.

A la luz del Evangelio de Mateo 28,1-10, se nos invitaba también a contemplar la Resurrección como una intervención real de Dios en nuestra vida.  El Evangelio habla de un “temblor” o “terremoto”, no como tragedia, sino como signo de que Dios actúa, rompe lo que está cerrado y abre caminos nuevos.

También nosotros necesitamos ese “terremoto” interior: que sacuda nuestras falsas seguridades, rompa aquello que nos mantiene atados y nos saque de los sepulcros donde a veces vivimos encerrados.  El ángel removió la piedra del sepulcro, pero hoy Dios quiere mover las piedras de nuestro corazón.

Cristo ya ha ganado la victoria para que no vivamos atrapados en la oscuridad, sino caminando en libertad.  Por eso, la pregunta permanece viva: ¿ qué piedra necesita hoy mover Dios en mi vida ?

Las lecturas del Tercer Domingo de Pascua nos confrontaban con otra verdad profunda: cuando vivimos sin Dios, perdemos el piso.  Entonces buscamos apoyarnos en muchas cosas pasajeras, pero en el fondo lo que verdaderamente necesitamos es vida.

Nuestra naturaleza está hecha para Dios.  Sin Él caminamos en oscuridad, en ese “sheol” interior que nos aleja de la luz y de la esperanza.  Cristo ha venido a abrirnos un sendero nuevo, un camino que nos devuelve al Padre y nos conduce hacia la vida verdadera.

Como dice el salmista: “Señor, enséñame el sendero de la vida”. La invitación es volver a apoyarnos en Dios, caminar con Él y dejarnos conducir hacia la casa del Padre.  Porque sollo en Cristo encontramos la vida que buscamos.

Finalmente, en el Cuarto Domingo de Pascua, la Iglesia nos llevó a contemplar a Cristo como el Buen Pastor, aquel que conoce profundamente el corazón de cada persona.

Se nos recordaba que necesitamos aprender a conectar con la voz del Pastor, y eso solo se logra en la cercanía y en la frecuencia con Él: en la oración, en la escucha de la Palabra y en la Eucaristía, donde el corazón se purifica.

Solo Jesucristo sabe verdaderamente lo que vive el hombre: lo que sufre, lo que piensa y lo que le angustia.  Y, aun así, nos llama por nuestro nombre.  Él nos conoce.  Él no abandona.  Él conduce hacia la vida.

En un mundo que muchas veces nos hace depender de tantas cosas pasajeras, Cristo continúa formando hombres y mujeres que aprenden a depender de Dios y a caminar bajo su cuidado.

Escuchar la voz del Buen Pastor es volver a encontrar el camino.

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