Corpus Christi y el Tiempo Ordinario

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Por: Padre Manuel Anselmo Diaz | Tiempo de lectura: 2 minutos

Iniciamos el Creciendo en la fe digital en una Solemnidad que es clave e importante para nuestra vida cristiana: Corpus Christi, donde el Espíritu Santo me empujó a invitarlos a reflexionar sobre un peligro que puede afectar nuestra fe: acostumbrarnos a los dones de Dios hasta el punto de considerarlos un derecho adquirido.

La Eucaristía no es algo que simplemente «se nos debe dar». Es el regalo más grande que Cristo ha dejado a su Iglesia: su Cuerpo y su Sangre entregados por amor para nuestra salvación.

Por eso, la Iglesia nos enseña que para comulgar dignamente es necesario vivir en estado de gracia, es decir, buscar permanecer unidos a Dios, luchar cada día contra el pecado y acercarnos con humildad al sacramento de la Reconciliación cuando hemos fallado.

La fiesta de Corpus Christi nos recuerda ayer, hoy y mañana, que no basta recibir el Pan de Vida; estamos llamados a preparar el corazón para que ese encuentro transforme verdaderamente nuestra vida.

Entrando a la segunda parte del Tiempo Ordinario que irá hasta la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el Evangelio de san Mateo que vamos leyendo este año en el Ciclo Litúrgico A, interpela nuestra vida a conocer a Cristo.  Muchas veces vivimos una dicotomía entre la fe y la vida.  Creemos en Dios, pero seguimos apoyándonos solo en nuestras costumbres, pensamientos o filosofías, sin dejar que el Evangelio transforme nuestro corazón.

Jesús nos llama a algo mucho más grande.  El cristianismo no es un moralismo.  No son sólo leyes o normas.  El cristianismo es un estilo de vida.  Y ese estilo de vida sólo puede vivirse cuando conocemos verdaderamente a Jesús: su persona, sus enseñanzas y su doctrina.  Solo Él da sentido a nuestra existencia y nos muestra el camino hacia la vida plena.

El cristianismo comienza con un encuentro personal con Cristo. ¿ Estás dispuesto a abrirle el corazón ?

Otro aspecto que toqué en estos pasados domingos, fue sobre la familia, ella está llamada a ser el primer lugar donde se vive la fe. Cuando Dios ocupa el centro del hogar, florecen la paz, el diálogo, el perdón y el deseo de agradarle en todo. La verdadera unidad nace de escuchar su voz y dejar que su Palabra transforme nuestra vida.


Jesús lo expresa con claridad: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Mateo 12,46-50) Hacer la voluntad de Dios significa renunciar a aquello que nos aleja de Él para abrazar el camino del Evangelio. Quien escucha y vive la Palabra fortalece la comunión; quien se cierra a ella termina alejándose de la unidad.

Hoy pregúntate: ¿Está mi familia construyendo su unidad sobre la Palabra de Dios o sobre criterios que pasan?

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