Creciendo el La Fe

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Por: Padre Manuel Anselmo Diaz | Tiempo de lectura: 2 minutos

Quiero iniciar está sección expresándoles mi inmensa alegría…. el 15 de mayo llegamos al post #100 de “Creciendo en la Fe”, un camino que el Señor nos ha permitido recorrer semana tras semana, dejándonos iluminar por su Palabra y los videos que brotan de las homilías dominicales. Qué regalo tan grande que este momento celebrativo coincida con una verdad que sostiene toda nuestra vida cristiana: “Dios es amor”.

En el VI Domingo de Pascua, les recordaba que Dios no sólo ama, sino que Él es el fundamento del amor. Un amor puro, infinito y capaz de transformar el corazón humano. Todo el que ama como Dios ama, es imposible que se quede con el amor para sí mismo.

Por eso, amar significa servir, perdonar, acompañar, tender la mano y aprender a vivir pensando también en los demás.  Hoy los invito a renovar juntos nuestra misión: seguir creciendo en la fe, dejándonos tocar por el amor de Dios y aprendiendo a amar como Él ama.

La Solemnidad de la Ascensión del Señor, nos llevó a mirar profundamente nuestro corazón y hacernos todavía hoy varias preguntas:

¿Por qué no podemos amar?

¿Por qué no podemos perdonar?

¿Por qué no podemos servir sin esperar nada a cambio?


El Espíritu Santo puede parecernos algo grande o lejano, pero en realidad está muy cerca: en la Palabra de Dios, en lo profundo del corazón, y en la vida cotidiana de quien se abre a su presencia.

El Espíritu Santo no viene solo a “acompañarnos”; viene a unirnos a Dios, a transformar nuestra manera de vivir, amar y servir.

Cuando dejamos actuar al Espíritu Santo: el corazón aprende a perdonar, el amor se vuelve más verdadero y el servicio deja de buscar reconocimiento.
Pentecostés se acerca y quizás la gran pregunta es: ¿Estoy dejando al Espíritu Santo actuar realmente en mi vida?

Y llegamos al momento clave de nuestra Iglesia, Pentecostés es la fiesta de la vida y el nacimiento de nuestra Iglesia. Sólo el Espíritu Santo es capaz de sostenerla, aún estando formada por hombres y mujeres frágiles y pecadores, porque su cabeza es Jesucristo.
En la homilía de ese domingo, les recordé algo muy concreto:  poner en orden nuestra vida, callar el ruido interior y aprender a escuchar la brisa suave del Espíritu Santo.

Porque el Espíritu no grita, habla al corazón que se abre a Dios.  El es quien ilumina con la verdad, fortalece nuestra fe y nos devuelve la santidad a la que hemos sido llamados.

También la importancia de “activar los sensores espirituales” de nuestra vida: ver con claridad, escuchar atentamente, hablar con verdad y caridad, tocar la realidad con compasión.

Pentecostés no es sólo una fiesta que recordamos.  Es una experiencia que debemos vivir cada día, dejando que el Espíritu Santo vaya guiando nuestros pensamientos, decisiones y acciones.

Al iniciar el mes de junio dedicado a la Familia, quise iluminar su vida cotidiana desde el testimonio de las primeras comunidades cristianas (Hch 2,42-47), los discípulos y los apóstoles vivían una fe compartida: ponían sus bienes al servicio de los demás para que la Buena Noticia de Cristo llegara a todos los pueblos y generaciones.

Hoy esa misión comienza en un lugar muy concreto: el hogar.  La familia es la primera escuela de fe, de respeto, de diálogo y de amor.  Por eso, el desafío sigue siendo actual: recuperar los espacios de encuentro, escucharnos más y permitir que la Palabra de Dios tenga un lugar en nuestra vida cotidiana. A veces será necesario dejar a un lado el celular para mirar a los ojos, conversar, compartir la mesa y volver a encontrarnos como familia.  Porque el ser humano no vive sólo de información y entretenimiento; vive de la verdad, del amor y de la Palabra de Dios.

Y esa Palabra se aprende primero en casa, donde los padres educan con el ejemplo, donde se cultiva el respeto y donde se construyen los valores que sostienen toda una vida.

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