Por Manuel Acevedo | Misionero Laico | Tiempo de lectura: 3 minutos
Partir de los Hechos de los Apóstoles no es mirar un libro del pasado, sino asomarnos a la vida de una Iglesia que estaba naciendo, creciendo y aprendiendo a ser fiel a Cristo en medio de desafíos muy concretos.
Escrito por san Lucas hacia los años 80–90 d.C., este libro recoge la experiencia del tiempo apostólico (30–70 d.C.), desde la Resurrección del Señor hasta la expansión misionera que llevó el Evangelio hasta Roma. Pero más allá de los datos históricos, nos muestra algo esencial: cómo vivían, creían y anunciaban los primeros cristianos.
Leer los Hechos es contemplar una Iglesia recién tocada por el Misterio Pascual. El Pan de la Última Cena aún estaba fresco, la fuerza de la Cruz seguía transformando corazones y la presencia de Jesús Resucitado ardía en la memoria de sus discípulos.
Por eso, este libro no solo informa… también forma. Nos invita a confrontar nuestra realidad actual con aquella primera comunidad que, movida por el Espíritu Santo, se atrevió a vivir y anunciar el Evangelio sin miedo.
Hoy también nosotros estamos llamados a mirar nuestra misión con esos mismos ojos: los de una Iglesia en camino, en escucha y enviada.
Escucha con un corazón disponible
Pero no basta con mirar u oír. Es necesario aprender a escuchar… y escuchar con un corazón disponible.
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo… y serán mis testigos” (Hch 1,8)
Esta Palabra nos deja tres claves fundamentales para comprender la misión hoy:
1. El Espíritu Santo es el protagonista de la misión
Aunque el libro menciona a los apóstoles —Pedro, Felipe, Santiago, Juan— queda claro que el verdadero protagonista es el Espíritu Santo. Es Él quien impulsa a la Iglesia a salir, quien da fuerza, valentía y claridad para anunciar a Jesús Resucitado, incluso en medio de dificultades.
2. La comunidad cristiana es esencialmente misionera
La Iglesia no es estática. Desde sus inicios es un movimiento en salida. Jesús encomendó a sus discípulos ser testigos de todo lo vivido, no solo en su entorno cercano, sino hasta los confines de la tierra. Esa misma llamada sigue vigente hoy.
3. La misión se vive y se fortalece en comunidad
La misión no es individualista. En los Hechos vemos comunidades que oran juntas, comparten la vida, perseveran en la enseñanza y celebran la fe. La comunidad es el lugar donde se envía y al que se regresa para compartir lo vivido.
Muévete a vivir la misión
La Palabra no se queda en teoría. Es una llamada concreta a ponerse en camino.
El anuncio de Jesucristo muerto y resucitado rompió todas las fronteras. Lo que comenzó en Jerusalén llegó hasta Roma… y desde allí al mundo entero.
Nada pudo detener esa fuerza: ni las persecuciones, ni las dificultades, ni las debilidades humanas.
¿Por qué? Porque no era solo obra de hombres. Era el Espíritu Santo quien impulsaba la misión.
Hoy esa misma misión continúa.
Nosotros ya hemos recibido el anuncio, hemos conocido a Cristo, hemos experimentado su amor… y eso no puede quedarse guardado.
La misión no es solo para algunos —obispos, sacerdotes, religiosas o misioneros—.
La misión es la identidad del cristiano.
Ser Iglesia es salir. Es anunciar con la vida.
Es llevar esperanza donde hay oscuridad.
Es hacer presente a Cristo en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en la comunidad.
Pero salir en misión no comienza afuera… comienza en el corazón.
Es dejar que el Espíritu Santo nos mueva, nos saque de la comodidad, nos impulse a dar testimonio y nos enseñe a confiar.
Hoy el Señor sigue llamando:
a no ser espectadores…
sino discípulos misioneros del Resucitado.