«La FE se fortalece dándola» – San Juan Pablo II

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Por: Manuel Acevedo / Tiempo de lectura: 3 minutos

El mes de octubre misionero abre siempre las puertas a la gran cita con la Misión Universal de la Iglesia.  Es un tiempo para recordar que todo bautizado tiene un compromiso: ser testigo del amor de Dios hasta los confines de la tierra.  Este año, bajo el lema “Misioneros de esperanza entre los pueblos”, la Iglesia nos invita a renovar la alegría de anunciar a Cristo vivo.

1. La fe no se guarda: se comparte

La frase de San Juan Pablo II —“La fe se fortalece dándola”— tomada del documento misionero Redemptoris Missio #2 resume una verdad profunda:  la fe no crece cuando se encierra, sino cuando se comunica, cuando se da a otros.

Creer en Cristo es descubrir una alegría tan grande que no puede quedarse dentro. Quien ha experimentado el amor de Dios siente el impulso de compartirlo.  Así, la misión no es una obligación, sino una respuesta de gratitud:  hemos recibido tanto, que no podemos callarlo. “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16)

Cada palabra de consuelo, cada gesto de solidaridad, cada servicio en la familia, en la comunidad cristiana, en la parroquia, es una forma concreta de anunciar el Evangelio. No hace falta ir lejos:  la misión empieza donde estamos, con prioridad en la familia: lugar de encuentro y formación.

2. Ser misioneros de esperanza

Vivimos tiempos en los que muchas personas tienen cansancio, miedo o desilusión.  El mundo necesita testigos que irradien esperanza, no con discursos vacíos, sino con una vida que refleje la confianza en Dios.

Ser misionero de esperanza significa llevar luz donde hay oscuridad, ternura donde hay heridas, y fe donde reina la duda y el temor.

El Papa Francisco nos lo recordaba con frecuencia: “El misionero no lleva consigo una ideología, sino a una Persona: Jesucristo”.  Y ese Cristo es el que sana, perdona y levanta. “Dichosos los pies del mensajero que anuncia la paz, que proclama la buena noticia” (Is 52,7).

3. La comunidad: casa y escuela de misión

Cada comunidad parroquial es un pequeño centro de misión.  Allí se aprende a vivir la fe en comunión y se recibe la fuerza para salir.  Una parroquia misionera no espera que la gente venga; va al encuentro de los demás con alegría, escucha y servicio.
La familia, los grupos, los catequistas, los jóvenes, los ministros, todos somos parte de este envío.

La misión no es sólo tarea de “algunos:  Obispos, sacerdotes o Religiosas (as)”, sino de toda la Iglesia.  Cuando servimos con amor, cuando damos esperanza, nos convertimos en testigos vivos del Evangelio.

4. Dando la fe, crecemos en fe

Cada vez que compartimos nuestra fe, el Espíritu Santo como gran protagonista de la misión actúa también en nosotros.  Al anunciar a Cristo, nos volvemos más conscientes de su presencia, y la fe se hace más firme, más alegre, más viva.

La fe se fortalece al ponerla en movimiento: quien da testimonio, se renueva; quien sirve se llena; quien ora por los demás, descubre la ternura de Dios.

Conclusión

Ser misioneros de esperanza entre los pueblos es decirle al mundo que Dios no se ha olvidado de nadie.  Es creer que cada palabra de fe puede encender una llama en otro corazón.

Al casi finalizar este mes misionero, pidamos al Señor que nuestras comunidades sean hogares de esperanza, y que cada uno de nosotros pueda repetir con San Juan Pablo II: “No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo”.

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