Por: Manuel Acevedo | Misionero Laico | Tiempo de lectura: 3 minutos
“Nunca pensé que una hora en silencio pudiera darme tanta paz. Ahora, es lo mejor de mi semana.” (Rosa)
Para fortalecer la invitación hecha en el boletín “Guadalupe al Día” de junio de participar de la Eucaristía en familia. Quiero invitarte a algo especial: la Adoración Eucarística. Él te espera en el silencio, en el Santísimo Sacramento del Altar, en la humildad y sencillez del Pan.
Desde hace meses hemos abierto las puertas de la Capilla para la Adoración Eucarística una hora con Jesús Sacramentado de lunes a viernes, de 6 a 8 pm, pero aún muchos no han descubierto el regalo que Jesús ofrece en esos minutos sagrados y santos.
Queremos ayudarte a profundizar en lo que es esa visita al Santísimo, con el significado de la palabra “adoración” que proviene del latín adoratio, derivado del verbo adorare. Este se compone de dos raíces: ad (hacia) y orare (hablar o rezar). En su origen, adorare describe un gesto de comunicación que no es sólo verbal, sino existencial: un dirigirse hacia Dios, desde lo más hondo, con todo nuestro ser. Adorar, por tanto, no es simplemente arrodillarse o estar en silencio: es una disposición interior, un acto profundo de relación.
Adorar implica reorientar la atención y las prioridades, entrar en comunión con Dios, especialmente reconociendo la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Es un movimiento interior que nace del asombro y se expresa en reverencia. Una postura de humildad, que no se finge ni se improvisa.
Esta doble dimensión de la adoración -interior y exterior- se hace visible en el Cuerpo de Cristo. Cristo sale a nuestro encuentro, en la custodia, en su presencia, se ofrece a TODOS. Se expone, no para ser protegido, sino para ser compartido. Para ser reconocido en cada hombre o mujer, en cada vida, en cada historia.
El sentido apostólico de la adoración», nos ayuda a descubrir precisamente todo lo que significa este sentido profundo de esta Adoración Eucarística. La adoración no es una devoción cerrada ni una experiencia individualista. Tiene una dimensión comunitaria, pública, misionera. Adorar a Cristo es aprender de su humildad. Es dejar que su forma de amar modele la nuestra. Por eso, la adoración se traduce en servicio. Y también en evangelización: cuando Cristo ocupa el centro, la vida habla, la fe se hace visible y se convierte en llamada.
La “Adoración Eucaristía” es, ante todo, una presencia viva que atraviesa el mundo. Y que la adoración no termina nunca en el templo o la Capilla: se extiende al día a día, y convierte nuestra vida en una acción de gracias continua, en una entrega concreta.
Adorémosle entonces. Y llevemos a Cristo con gestos, con palabras, con obras a cada rincón de nuestro camino. La adoración no es sólo para los santos. Es para los que buscan, los que sufren, los que dudan, los que aman. Jesús está allí, esperándote como esperó en el Huerto de Getsemaní. Ven. Aunque sean 60 minutos semanales. No saldrás igual. Termino con una frase que me ha compartido un joven universitario: “En la adoración he aprendido a dejar de hablar tanto y simplemente escuchar lo que Jesús me quiere decir”.